Quien realmente me conoce, entiende el significado de dicho animal (y no, nada tiene que ver con cómics de Alan Moore.)
Orolob caminó por el sendero nevado, el frío haciendo estragos en sus desgastados pies; literalmente pies de barro, de barro y sangre, por caminar por horas en la tundra gélida. De vez en cuando, el tronco escuálido de una conífera calva le restaba monotonía a la blancura del paisaje; blancura que, lejos de ser pureza, significaba la nada y el frío.
Cuando había sol, tenía el consuelo de amaneceres y atardeceres, que alegraban con su colorido la lobreguez del día; pero hacía horas que había caído la noche. Los cambios que habían sobrevenido al ambiente, lejos de ser aliento o alegría, sólo aumentaban la inclemencia de los elementos, pues la noche no cambiaba la sobriedad de su pálido manto; sólo aumentaban los vientos que lo sacudían, y lo golpeteaba con mayor fuerza la nieve que lo rasgaba.
Orolob no pudo más: Caminó hacia uno de tales troncos, adustos pero firmes, y se sentó a la sombra del mismo. Tomando aire, sentado como estaba sobre el gélido páramo para descansar sus pies, le pareció oír una variación en el sonido de los vientos. Una especie de zumbido rítmico, casi un golpeteo, como si...
Volteó inmediatamente a su izquierda, poniéndose en pie de un salto, mano en la empuñadura del cuchillo, listo para defenderse de lo que se acercaba por el aire. De inmediato se tranquilizó cuando atisbó al pájaro gris que volaba con gran rapidez. Se impresionó del silencio de su vuelo; si no llevara días caminando por aquél yermo, familiarizándose con el murmullo de sus vientos y el crujir de las cortezas de sus árboles, jamás hubiera reconocido al carroñero que se acercaba.
La lechuza se posó sobre el tronco del árbol, y desde las alturas abrió sus grandes ojos, escudriñando el suelo. Sus alas, cual manto de real armiño, cubrían su cuerpo en un gesto de desinterés arrogante.
De pronto, puso su vista en Orolob, y su mirada cambió por completo. La fijeza de sus enormes ojos grises parecían inmobilizar al hombre en el suelo; a ese ser, pequeño desde las alturas, cuyos pies sanguinolientos no eran muy distintos de las presas que solía cazar. De súbito, sin quererlo, a Orolob le sobrevino la angustia de estar siendo descubierto; violado en su intimidad, desnudado, por palabras olvidadas hacía tiempo, que los ojos grises vindicaban con firmeza.
El ave ladeó ligeramente la cabeza, en gesto inquisitivo. Orolob temía su siguiente movimiento; la fijeza de aquella mirada parecía recordarle las cosas no hechas, los caminos no andados... Enderezó la cabeza sin soltarle la mirada, y el humano sintió con vivacidad la acusación.
-No tengo que responderte- le dijo. La lechuza inclinó el cuerpo hacia adelante, aún sosteniendo la mirada en el hombre. A Orolob parecíale ver en aquellos ojos los reflejos de lo que había dejado atrás. Con fuerte ulular, el rapaz hizo la última parte de su acusación: Los seres que había lastimado.
Orolob comprendió que la más fría e implacable de las justicias, de la que nadie escapa -pues no hay yermo que se le interponga- es la de uno mismo. Viendo realizada su tarea, el ave se marchó con el mismo silencio con el que había llegado.
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28 January 2010
03 September 2009
Petra
La larga y sinuosa brecha serpenteaba hacia adelante, siempre hacia adelante... Tres burros ya habían muerto en el camino, pero el seguidor de San Cristóbal se negaba a regresar. Sobre la última mula, Petra, recorría a buen paso el desierto. De pronto vio un pozo a lo lejos. Descendió de Petra y aminoró la marcha, a un ritmo que le permitiera descansar a él y al animal. Su garganta, seca y polvosa, soltó un anhelante suspiro, que pareció ser el inicio del vendaval. Poco a poco el aire se sacudió cobró fuerza, cobró vida, e hizo saltar por los cielos a las dunas, transformándose en tormenta de arena acompañada de llovizna de guijarros. No había dónde guarecerse.
El viajero se abrazó de Petra y apretó los dientes intentando resistir el embate de la tempestad. El sonido era bestial; como si el mundo mismo respondiera con un rugido de ultraje a su triste suspiro. La tierra misma le preguntaba al viajero qué anhelaba; qué buscaba a lo lejos cuando en casa lo tuvo todo. Petra chillaba con fuerza. Minutos después, sus rebuznes desesperados se fueron apagando. El hombre sintió cómo enflaquecían los músculos del animal, cedían sus rodillas, se vencía su resistencia. Dejó que cayera el cuerpo de la mula sobre él.
No supo cuántas horas después, pasó la tormenta. La arena le había impedido darse cuenta del pasar del tiempo, pero para cuando sacó la cabeza, ya era de noche. La luna en el cénit convertía el desierto en una alfombra de plata.
-Petra es un buen nombre. Hasta muerta resististe como piedra.-
El viajero reemprendió la marcha hacia el pozo.
El viajero se abrazó de Petra y apretó los dientes intentando resistir el embate de la tempestad. El sonido era bestial; como si el mundo mismo respondiera con un rugido de ultraje a su triste suspiro. La tierra misma le preguntaba al viajero qué anhelaba; qué buscaba a lo lejos cuando en casa lo tuvo todo. Petra chillaba con fuerza. Minutos después, sus rebuznes desesperados se fueron apagando. El hombre sintió cómo enflaquecían los músculos del animal, cedían sus rodillas, se vencía su resistencia. Dejó que cayera el cuerpo de la mula sobre él.
No supo cuántas horas después, pasó la tormenta. La arena le había impedido darse cuenta del pasar del tiempo, pero para cuando sacó la cabeza, ya era de noche. La luna en el cénit convertía el desierto en una alfombra de plata.
-Petra es un buen nombre. Hasta muerta resististe como piedra.-
El viajero reemprendió la marcha hacia el pozo.
15 April 2007
La Paz de Grrothär
El blog de Marius me ha dado la idea de llevar mi propia historia en el blog. A ver qué tal...
Grrothär cerró los puños, enseñando los dientes y frunciendo todo el rostro en gesto de ira; los ojos le ardían de las lágrimas contenidas, todo su cuerpo, más que temblar, vibraba en sintonía con su rabia; su estómago era una roca, y las venas de sus potentes brazos parecían saltar, delineando relámpagos verdes que sólo acentuaban más sus potentes músculos. De súbito, como brotan las aguas abrir de un golpe la tierra, como hierve la sangre al calor de la pasión, liquido vital emanó de sus poros, y formó esferas rojas de energía en los puños del temible Rey de los Hombres-León.
SSill, el Frío, tomó posición defensiva, su bastón alzado con la mano izquierda en diagonal sobre su cabeza, y su puño derecho pegado a su costillar, listo para contraatacar.
Pero Grrothär fue más rápido: Alzando los dos brazos sobre su cabeza, dio un ágil salto, dejando caer sus brazos precisamente sobre el bastón. La energía roja rodeó el báculo de hielo, que estalló en añicos con la fuerza del impacto. Al verse desarmado, el estupefacto SSill retrocedió unos cuantos pasos.
-¡¡¡GRRRROOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOAAAAAARRRRR!!!- rugió Grrothär sacudiendo su melena, -¡Nadie ataca a mis generales en tiempo de paz, y menos cuando teníamos un pacto de mutua defensa!-
-Grro... thär... hablemos... tengo prue- El Rey de Hielo seguía retrocediendo mientras hablaba.
-¡¡NADA!! ¡¡El Reino de Jul'kar es mi Manada!! Nadie, NADIE, que ataque la manada sale sin enfrentarse al león alfa- dijo; y luego, golpeándose el pecho varias veces con tal fuerza que sus propias garras le sacaban sangre: -¡¡¡¡¡YO SOY GRROTHÄR!!!!-
Ssill comprendió la inutilidad de la huida, así que dijo con voz solemne: -Pactemos nuevos términos para nuestro pacto. Pero no puedo tolerar que tus generales anden por mi tierra...-
-¡¡¡ÉSTA es la Nueva Paz de nuestros pueblos!!! ¡Tú ya no tienes báculo, y no guías porque no le basta a tu pueblo la fuerza de tu brazo! Yo, en cambio, guío mientras haya en mí garras, colmillos, y vida. ¡La Paz de Grrothär será la Fuerza! Ve y dile a tu gente, que Grrothär te ha dejado sin báculo. Ve y diles que Grrothär manda que haya paz. ¡Ve, y diles que no sólo la deshonra, sino la muerte, espera a quien pretenda tomar por sorpresa a la Manada!-
SSill asintió, y dijo al gigante: -Acepto. Hagámoslo solemne.- Ambos estrecharon manos, Grrothär secretamente sorprendido de que la fuerza de su agarre no redujese a astillas la palma de su contraparte.
Sin más, Ssill dio la media vuelta y se fue.
Oro'ir, el Sombrío, caminó detrás del león, y aplaudió sus negras manos lentamente, una... dos... tres veces. -Bien hecho, Grrothär. ¿Estás consciente de que has encendido entre Jul'kar, la Jungla e Ílosan, la Tundra, un Odio? "Los Odios sólo pueden desahogarse por guerra", tal es nuestra Ley.-
-¡Pero hemos pactado la Paz, Rey de las Sombras! ¡¡La palabra de Grrothär es sagrada!!-
-Precisamente mi punto. También lo era el Báculo de Ílosan. Y tú ya has dicho que defenderás a uno solo de tus hombres como si todo tu reino fuera invadido. Los Odios se alimentarán bien este año. Comerán carne de la Jungla.- Oro'ir pareció disolverse en el aire, y desapareció.
Consciente de su terrible error, Grrothär cayó de rodillas en el piso. Sintió las lágrimas en sus ojos, y exclamó:
-¡¡¡¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAARRRRRRRRRRRRRGHHHH!!!!!-
Grrothär cerró los puños, enseñando los dientes y frunciendo todo el rostro en gesto de ira; los ojos le ardían de las lágrimas contenidas, todo su cuerpo, más que temblar, vibraba en sintonía con su rabia; su estómago era una roca, y las venas de sus potentes brazos parecían saltar, delineando relámpagos verdes que sólo acentuaban más sus potentes músculos. De súbito, como brotan las aguas abrir de un golpe la tierra, como hierve la sangre al calor de la pasión, liquido vital emanó de sus poros, y formó esferas rojas de energía en los puños del temible Rey de los Hombres-León.
SSill, el Frío, tomó posición defensiva, su bastón alzado con la mano izquierda en diagonal sobre su cabeza, y su puño derecho pegado a su costillar, listo para contraatacar.
Pero Grrothär fue más rápido: Alzando los dos brazos sobre su cabeza, dio un ágil salto, dejando caer sus brazos precisamente sobre el bastón. La energía roja rodeó el báculo de hielo, que estalló en añicos con la fuerza del impacto. Al verse desarmado, el estupefacto SSill retrocedió unos cuantos pasos.
-¡¡¡GRRRROOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOAAAAAARRRRR!!!- rugió Grrothär sacudiendo su melena, -¡Nadie ataca a mis generales en tiempo de paz, y menos cuando teníamos un pacto de mutua defensa!-
-Grro... thär... hablemos... tengo prue- El Rey de Hielo seguía retrocediendo mientras hablaba.
-¡¡NADA!! ¡¡El Reino de Jul'kar es mi Manada!! Nadie, NADIE, que ataque la manada sale sin enfrentarse al león alfa- dijo; y luego, golpeándose el pecho varias veces con tal fuerza que sus propias garras le sacaban sangre: -¡¡¡¡¡YO SOY GRROTHÄR!!!!-
Ssill comprendió la inutilidad de la huida, así que dijo con voz solemne: -Pactemos nuevos términos para nuestro pacto. Pero no puedo tolerar que tus generales anden por mi tierra...-
-¡¡¡ÉSTA es la Nueva Paz de nuestros pueblos!!! ¡Tú ya no tienes báculo, y no guías porque no le basta a tu pueblo la fuerza de tu brazo! Yo, en cambio, guío mientras haya en mí garras, colmillos, y vida. ¡La Paz de Grrothär será la Fuerza! Ve y dile a tu gente, que Grrothär te ha dejado sin báculo. Ve y diles que Grrothär manda que haya paz. ¡Ve, y diles que no sólo la deshonra, sino la muerte, espera a quien pretenda tomar por sorpresa a la Manada!-
SSill asintió, y dijo al gigante: -Acepto. Hagámoslo solemne.- Ambos estrecharon manos, Grrothär secretamente sorprendido de que la fuerza de su agarre no redujese a astillas la palma de su contraparte.
Sin más, Ssill dio la media vuelta y se fue.
Oro'ir, el Sombrío, caminó detrás del león, y aplaudió sus negras manos lentamente, una... dos... tres veces. -Bien hecho, Grrothär. ¿Estás consciente de que has encendido entre Jul'kar, la Jungla e Ílosan, la Tundra, un Odio? "Los Odios sólo pueden desahogarse por guerra", tal es nuestra Ley.-
-¡Pero hemos pactado la Paz, Rey de las Sombras! ¡¡La palabra de Grrothär es sagrada!!-
-Precisamente mi punto. También lo era el Báculo de Ílosan. Y tú ya has dicho que defenderás a uno solo de tus hombres como si todo tu reino fuera invadido. Los Odios se alimentarán bien este año. Comerán carne de la Jungla.- Oro'ir pareció disolverse en el aire, y desapareció.
Consciente de su terrible error, Grrothär cayó de rodillas en el piso. Sintió las lágrimas en sus ojos, y exclamó:
-¡¡¡¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAARRRRRRRRRRRRRGHHHH!!!!!-
15 October 2006
ANIMUS NECANDI
-¡No importa lo que digan los demás, Francisco era un buen tipo!-
El juez recorrió rápidamente las butacas con la vista, buscando a quien tan bruscamente había interrumpido el proceso penal.
De pronto, un hombre, de tez lívida y complexión cadavérica, vestido de harapos, con el cabello largo y la cara sucia, se levantó de entre los presentes, y, escuadra en mano, le indicó al juez sin decir palabra que saliera del recinto.
Salido él, el otro se colocó detrás del estrado.
Todos en la Sala entendieron: Ahora, quien asumía el papel de juez, a quien le tocaba decidir quién vivía y quién moría, era a aquel mugroso que tomó el Supremo Tribunal por la fuerza.
El hombre tomó las hojas de las periciales en sus manos, y sin más, las rompió, dando a entender que él sabía más sobre losucedido y que poco le importaba el dictámen de los expertos.
Tomó de la evidencia el cuchillo; la gente se empezaba a alarmar...
Pero, lejos de comenzar a lastimarlos, aquel hombrecillo frenético se señalaba a sí mismo con su pistola y manoteaba en el aire.
Sus pupilas dilatadas preocupaban a más de uno de los presentes... hasta que se dieron cuenta que la frustración del imbécil no venía de la actitud de ellos, sino de la angustia de no poder darse a entender.
Continuaba señalándose, cuchillo en una mano, pistola en otra, hasta que los presentes fueron cayendo en cuenta, y uno de ellos se levantó y dijo: -Tú lo hiciste.-
El rostro del idiota se llenó de pronto de calma y serenidad, y una sonrisa de oreja a oreja le iluminó la cara. La chispa de sus ojos brilló con fuerza, incluso mientras colocaba la pistola contra su sién y accionaba el gatillo, alcanzando a decir: -No importa lo que digan los demás, Francisco era...
06 September 2006
[b]CARO DATA VERMIBUS*[/b]
[i] Escrito para el felíz taller literario de Marius, mientras veíamos una estupidez en clase de Civil. No me gustó tánto como otros míos al momento de escribirlo, pero ha recibido muy buena crítica, y por ende lo publico, a ver qué les parece: [/i]
El sonido del agua apaciguó sus nervios, y se dio un breve respiro, oliendo la brisa y escuchando el relajante rugir de la cascada.
Apretó los puños, sintiendo la sangre que se resbalaba por su brazo. Tomó una bocanada de aire, esta vez con decisión, y su mirada se tornó grave y resuelta.
De cerrar tan fuerte las manos, las estrías en el mango de su pistola le herían la palma izquierda.
El brazo del cadáver -que sostenía con la otra mano- quedó púrpura de la presión.
Ya con mucha mayor firmeza, siguió arrastrando el cuerpo...
Pasó del hermoso claro de Misol-Ha a la espesa jungla chiapaneca; la brisa húmeda dio paso al ocre olor de la hojarasca que se pudre, dulce y molesta; y el majestuoso caer de las aguas fue sustituído por el zumbar de los mosquitos.
Sus sentidos no daban con un lugar para depositar el pesado cuerpo. El calor, y las horas de pesada marcha, hacían su mella en el encubridor.
De repente, un olor amargo golpeó sus fosas nasales. Sin entender del todo porqué, se encaminó hacia éste inesperado cambio.
Al poco tiempo, llegó a un pequeño claro, centrado alrededor de senda laguna ennegrecida, de aguas estancadas y podridas. Decidió que aquél era el lugar idóneo.
Con cuidado, buscó una vereda que bajara lo más cerca posible a la laguna. Ya en el lugar más conveniente, se detuvo un momento... Pese a la molestia del olor que irritaba su pensamiento, alcanzó a percatarse de lo abierto, lo expuesto, que estaba aquél claro, y de lo peligrosa que le resultaba su posición.
Con un vigoroso tirón de su muñeca, girando la cadera para aumentar el impulso, se liberó del peso que lo agobiaba, y miró con satisfacción cómo el cuerpo inerte rodaba por la vereda, para caer estrepitosamente en el agua, quebrantando el silencio y la quietud de la superficie.
Lo último que se empecinaba en no hundirse era la cabeza, que parecía mirar acusadoramente a los ojos de su antiguo portador.
-¡Cabrón! Ni después de muerto, dejaste de oprimir al obrero...-
Su exclamación lo delató.
Sonreía de satisfacción al ver cómo por fín el cadáver se hundía.
No alcanzó a percibir de dónde provino el disparo que segó su vida.
Aún con una sonrisa en el rostro, Juán Martínez Osorio se desplomó a acompañar a su víctima.
Una voz, extrañamente mecanizada, interrumpió el silencio del bosque para avisar por su radio: -¡Misión Cumplida!-
[b]*[/b]= [i]Caro data Vermibus significa literalmente “carne dada a los gusanos”, y es de donde proviene el acrónimo cadáver.[/i]
El sonido del agua apaciguó sus nervios, y se dio un breve respiro, oliendo la brisa y escuchando el relajante rugir de la cascada.
Apretó los puños, sintiendo la sangre que se resbalaba por su brazo. Tomó una bocanada de aire, esta vez con decisión, y su mirada se tornó grave y resuelta.
De cerrar tan fuerte las manos, las estrías en el mango de su pistola le herían la palma izquierda.
El brazo del cadáver -que sostenía con la otra mano- quedó púrpura de la presión.
Ya con mucha mayor firmeza, siguió arrastrando el cuerpo...
Pasó del hermoso claro de Misol-Ha a la espesa jungla chiapaneca; la brisa húmeda dio paso al ocre olor de la hojarasca que se pudre, dulce y molesta; y el majestuoso caer de las aguas fue sustituído por el zumbar de los mosquitos.
Sus sentidos no daban con un lugar para depositar el pesado cuerpo. El calor, y las horas de pesada marcha, hacían su mella en el encubridor.
De repente, un olor amargo golpeó sus fosas nasales. Sin entender del todo porqué, se encaminó hacia éste inesperado cambio.
Al poco tiempo, llegó a un pequeño claro, centrado alrededor de senda laguna ennegrecida, de aguas estancadas y podridas. Decidió que aquél era el lugar idóneo.
Con cuidado, buscó una vereda que bajara lo más cerca posible a la laguna. Ya en el lugar más conveniente, se detuvo un momento... Pese a la molestia del olor que irritaba su pensamiento, alcanzó a percatarse de lo abierto, lo expuesto, que estaba aquél claro, y de lo peligrosa que le resultaba su posición.
Con un vigoroso tirón de su muñeca, girando la cadera para aumentar el impulso, se liberó del peso que lo agobiaba, y miró con satisfacción cómo el cuerpo inerte rodaba por la vereda, para caer estrepitosamente en el agua, quebrantando el silencio y la quietud de la superficie.
Lo último que se empecinaba en no hundirse era la cabeza, que parecía mirar acusadoramente a los ojos de su antiguo portador.
-¡Cabrón! Ni después de muerto, dejaste de oprimir al obrero...-
Su exclamación lo delató.
Sonreía de satisfacción al ver cómo por fín el cadáver se hundía.
No alcanzó a percibir de dónde provino el disparo que segó su vida.
Aún con una sonrisa en el rostro, Juán Martínez Osorio se desplomó a acompañar a su víctima.
Una voz, extrañamente mecanizada, interrumpió el silencio del bosque para avisar por su radio: -¡Misión Cumplida!-
[b]*[/b]= [i]Caro data Vermibus significa literalmente “carne dada a los gusanos”, y es de donde proviene el acrónimo cadáver.[/i]
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